LA PASTA DE DAN BROWN
Cuando empecé a escribir este blog tenía mucho tiempo libre y podía dedicarle lo necesario para hacerlo. Pero ultimamente no encuentro un ratito para escribir algo.
Durante estos días, desde que escribí la última vez he pensado en dos temas sobre los que podía escribir (además de las sugerencias recibidas por mi amigo Rubén....sobre todo el de "los dolores de espalda").
El primero de los temas en cuestión es...tachan,tachan...."El Códio Da Vinci". Recuerdo la primera vez que escuche algo sobre este libro. Estaba en una especie de charla-cena a la que me invitó mi amiga Raquel en Madrid. Era un poco extraño porque mientras te servían la cena, había un tipo (en este caso Juan Manuel de Prada) que daba una charla...y tú tenías que comer mientras le escuchabas.
Pues bien, a lo que iba...esto estaba organizado por un grupo católico, o por una asociación de periodistas católicos....y salió el tema de este libro. La gente parecía muy indignada por lo que en él se decía, y J.M. de Prada dijo que en el contenido no se metía, pero que la forma, dejaba mucho que desear.
En cuanto tuve oportunidad lo leí. Y debo decir que me divertí mucho leyéndolo, y que me enganchó bastante. Bien es cierto que muchas de las cosas que dice Dan Brown en su libro, parecen tener mucho sentido. Pero yo no soy ni un historiador, ni un religioso entendido en la materia. Y creo que lo que podemos leer en las novelas, o ver en muchas películas no tiene porque ser cierto, en la mayoría de los casos se trata de una trama, de una historia que se inventa una persona para que los demás disfrutemos de ella. Algunas veces se pretende ser realista y otra no.
En aquel momento, todo lo que se habló de esta novela, todo lo que se le criticó desde la Iglesia, sólo sirvió para que este tipo, Dan Brown se forrase y se hiciera superfamoso con un libro que es entretenido, pero que desde mi punto de vista y mi corto entender, literariamente no es demasiado bueno (p.e.me gusta mucho más Pérez Reverte).
Bien. Pues creo que lo mismo ha pasado con la peli. El otro día fui a verla...¿por qué?...pues porque había que hacerlo. El día del estreno mi padre me dijo que en Cannes le habían dado muy malas críticas, que ha nadie le había gustado, que incluso el gran Tom Hanks estaba mal...y lo mismo me había dicho mi novia que lo había leído en alguna página polaca.
Pues bien, la peli es, al igual que el libro, muy entretenida, y las dos horas y media que dura la peliculas se pasan volando. Desde luego que no va a marcar mi vida, ni me la va a cambiar, ni se ha convertido en una de mis pelis favoritas. Pero es muy entretenida y recomiendo a todo el mundo a que vaya a verla.
Al principio puede ser que el estilo narrativo parezca un poco extraño con bastantes flash-backs que nos cuentan cosas del pasado de los personajes, para lo que el director, Ron Howard le ha metido un efecto a las imágenes, un tanto cargante. Pero al final puedes ver que se trata de un estilo buscado por el director, al igual que ocurre con el exceso de primeros planos o planos medios, y las escasez de planos generales y descriptivos, lo que te provoca es una sensación un poco claustrofóbica, como que estás todo el tiempo dentro de un tunel, y vas de un sitio a otro sin ningún respiro visual en los que podamos descansar la vista con planos muy abiertos....
Bueno...pues eso.... (menudo rollo he soltado al final sobre la peliculita)....que flaco favor le hacen a Dan Brown criticando tanto su libro y la película, cuanto tanto uno como el otro no son más que un libro y una película más.
Lo peor: el cartel de la peli
El próximo día os contaré cómo me encontré con una cigüeña en medio de la Gran Vía.

Rube dijo
pufff... el colega se ha despachado bien...
Juan Manuel de Prada, "El código Dan Brown", ABC, 4.III.06
Recuerdo la lectura de «El código Da Vinci» como una experiencia abracadabrante. Creo que se trata de uno de los libros más toscos que nunca hayan caído en mis manos, pero de una tosquedad que no es exactamente pedestre, sino más bien chapucera, casi me atrevería a decir que simpática de tan chapucera. El bueno de Dan Brown no disfrazaba la paparrucha de pedantería, no se preocupaba de maquillar el esquematismo de sus personajes con esos aderezos de pachulí introspectivo que suelen utilizar otros fabricantes más duchos de «best-sellers», no se molestaba en sazonar su peripecia con una mínima dosificación de la verosimilitud, ni siquiera se recataba de repetir hasta la machaconería los mismos trucos efectistas o de introducir con calzador aclaraciones que parecían postular un lector infinitamente lerdo. No, señor. Aquello era un bodrio mondo y lirondo, sin afeites ni disfraces; un bodrio candoroso, risueño, como encantado de haberse conocido. La impresión estupefaciente que me produjo su lectura nunca antes me le había deparado libro alguno; para describirla, tendría que compararla con esa hilaridad lisérgica, entreverada de pasmo y delicioso sonrojo, que me procuran las películas de Ed Wood, donde los ovnis siempre son platos de postre envueltos en papel de aluminio y los actores recitan sus parlamentos como si estuviesen en estado de trance hipnótico. Recuerdo con especial delectación un pasaje de la novela en el que los protagonistas, inmersos en su delirio esotérico-patafísico, se topaban con un mensaje presuntamente críptico que el bueno de Dan Brown reproducía, para que el lector se estrujase las meninges en su dilucidación; el mensaje se veía a la legua que era la imagen invertida que devuelve el espejo de un texto escrito en castellano (o inglés en el original), pero los protagonistas se tiraban algo así como veinte páginas discutiendo si estaría redactado en arameo o sánscrito, ocasión que el bueno de Dan Brown aprovechaba para tirar de erudición Google y colarnos unos tostonazos desquiciados sobre tan venerables y vetustas lenguas, por supuesto regados por doquier de gazapos y disparates históricos. También deambulaba por allí un sicario albino que se nos presentaba como «monje» del Opus Dei (¡vaya calladita que se tenía la Prelatura esta sucursal monástica!); y, en fin, todo tenía en el libro el mismo aire chusco, como de borrachera de anisete espolvoreada de anfetas.
En fin, cada época tiene la literatura que se merece. Ahora acusan al bueno de Dan Brown de plagio; lo hacen unos tipos que, al parecer, perpetraron hace un par de décadas otro libraco donde se anticipaban las eyaculaciones mentales que nuestro héroe ensarta sin rubor en su exitosísimo bodriazo: que si Jesús tuvo un hijo con la Magdalena, que si la Iglesia se encargó de perseguir durante siglos a tan divina estirpe, que si patatín y patatán. De repente, el mito Dan Brown se nos derrumba, pues habíamos llegado a creer que semejantes desvaríos calenturientos habrían brotado de su cráneo privilegiado, que imaginábamos como una especie de cacerola donde hierve un sopicaldo de neuronas mutantes. La posibilidad de que el bueno de Dan Brown se nos convierta ahora en un discreto y aplicado amanuense nos deja sobrecogidos, casi mudos. ¿Cómo calificaremos ahora un bodriazo cuyo principal mérito cifrábamos en su desparpajo para ensartar patochadas a velocidad de ametralladora, si las patochadas resulta que no son originales, sino saqueadas a un precursor? ¿Y qué hacemos con los epígonos de Dan Brown, la caterva mugrienta de sus imitadores, que han infestado las librerías de templarios que beben a morro en un grial que les tocó en la tómbola y sábanas santas que no sirven ni para disfrazarnos de fantasma en la noche de Halloween? ¿Los gaseamos? ¿Los condenamos a la hoguera? A ver, ¿qué hacemos?
Macho! Con que gente me cenas... :)
A por ellosss oeeeeeeeeeeeeeeeeeee
Mañana juega la Selección tio!!!!!!!!!!!!!!!!!!
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Un abrazo.
13 Junio 2006 | 01:29 PM